Jueves, 05 Noviembre 2020 23:58

Crónica de un niño que NUNCA nos dejará solos

Por Sebastián Basualdo-Especial para Argentores--“Adoro el niño que fui. Lo quiero mucho porque es la etapa que me selló, que me marcó mi estilo de ver la vida y la gente, el amor por las cosas que me dieron tibieza, felicidad. Olores, mariposas nocturnas, sonidos, pájaros, sapos, lagartijas, en fin… Un universo maravilloso y mágico”, dijo en una oportunidad Leonardo Favio refiriéndose a esa etapa de la vida que no es otra cosa que el comienzo de la mitología personal: la infancia. Pero hay unas palabras que cobran su verdadera dimensión si se las piensa teniendo en cuenta toda su vida. “Qué contento que estoy pensando en lo contento que voy a estar el día que esté contento”, solía decirse a sí mismo cuando su madre lo llevaba al cine a ver Rin-Tin-Tin”.

Leonardo Favio -cuyo nombre era Fuad Jorge Jury Olivera– nació en Las Catitas, departamento Santa Rosa, provincia de Mendoza, un 28 de mayo de 1938. No conoció a su padre pero si la leyenda de aquel rufián de origen sirio que falleció demasiado joven. El apellido de su nombre artístico proviene de su madre, Laura Favio, actriz y guionista de radio teatro. Infancia feliz y terrible a un tiempo, de Luján de Cuyo al internado El Alba junto a su hermano mayor Zuhair o la Colonia Agrelo, de Mendoza, entre tantos otros lugares.

En la selección arbitraria que hace la memoria debe haber un mecanismo secreto que una vez más se pone en evidencia con Leonardo Favio: uno recuerda todo aquello que es, en esencia. Dicho de otra manera, la capacidad de trocar el dolor o acaso vaciarlo hasta que sólo quede la sensibilidad en estado puro, capaz de ser traducido en arte, vale decir en amor. A esto se le llama venir al mundo con el arte encima. Porque es cierto, hay cierta clase de experiencias tan feroces que lo modifican a uno para siempre y en el caso de Leonardo Favio resulta fácil advertir que hubiera podido, en el instante más decisivo y determinante, crecer un centímetro hacia el lado equivocado: el rencor. Y sin embargo, filmó una de las películas más extraordinarias de la historia del cine: Crónica de un niño solo.

“En el póster que acompañó a su estreno, el 5 de mayo de 1965 (en los cines Libertador y Paramount de Buenos Aires, con una taquilla muy modesta) un niño sostiene entre los dedos un cigarrillo encendido. Ojos entrecerrados, cabeza rapada al ras, con un hilo de humo que se escapa por la comisura de los labios mientras ensaya la mueca de una sonrisa adulta”, escribe Paulo Pécora, “Esa imagen es la síntesis, la expresión mínima y acabada, de su primera película. Pero también es el primer gesto de un registro personal –un estilo– que siguió desarrollándose con los años. Gran parte de la película se filmó en un edificio donde actualmente funciona la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, sobre la avenida Independencia, en el barrio porteño de Balvanera”, señala Pécora. “Largos pasillos y enormes salones, en sus escaleras y sus habitaciones vacías, Favio recreó el ambiente frío y deshumanizado de un reformatorio. Allí sembró el germen de un estilo rústico y a la vez refinado que desarrollaría luego en Éste es el romance de Aniceto y la Francisca… y El dependiente. El origen humilde de sus personajes y el ascetismo de los espacios que ellos transitan se expresan mediante una puesta en escena muy compleja, donde sofisticados despliegues de fotografía, cámara y encuadre están matizados por un alto grado de lirismo, emoción y espontaneidad”. Y más adelante agrega: “Más allá de los puntos de encuentro con Un condenado a muerte se escapa de Robert Bresson y Los 400 golpes de François Truffaut que tratan sobre el encierro y la necesidad imperiosa de libertad, en un caso, y sobre la niñez humillada en el otro, el tono de la ópera prima de Favio es decididamente personal”.

Si bien el arte está constituido por herencias, préstamos y diálogos subrepticios, es cierto también que ningún artista quiere deberle nada a sus contemporáneos. Quizá por eso Leonardo Favio se desprendió rápidamente de cualquier movimiento artístico que pudiera etiquetarlo, como en el caso de la Nouvelle Vague. “Nunca voy a narrar algo que no conozco. Mis personajes brotan de la realidad. En mis películas no hay un solo personaje que no esté dentro de mi corazón, que no reaccione como yo hubiese reaccionado”, dijo Favio en una oportunidad.

Para Martín Wain su cine fue de entrada diferente del que realizaban los principales directores de aquellos años, que conformaban la denominada Generación de los 60 o la Nouvelle Vague argentina, a
quienes Favio llamaba los amigos de Truffaut. “No tengo nada que ver con ellos, ni en lo intelectual ni en lo sentimental ni en lo económico. Yo tenía otro concepto, creí siempre en el cine industrial, el de Hugo del Carril y Lucas Demare. Yo entendía el cine nacional con acercamiento a lo popular”.

Más allá de estilos o concepciones artísticas, lo cierto es que también hay hermanos espirituales. La crítica especializada ha encontrado muchos puntos de contacto entre Crónica de un niño solo y
Los cuatrocientos golpes; naturalmente que Favio no es Truffuaut, Buenos Aires no es Paris y, sobre todo, ni en Francia ni en otro lugar del mundo existió algo parecido al peronismo. Pero hay una anécdota que cuenta Leonardo Favio que ilustra mucho mejor la idea anterior. Fue en 2006, durante la proyección de su primer cortometraje Los amigos. “El corto nació como una hipoteca que yo tenía con quien era mi compañera de entonces, María Vaner. Todas las mañanas le decía que me iba a estudiar cine con Torres Nilsson, cuando en realidad me quedaba en el bar de la esquina, tomaba un café con leche y me ponía a leer el diario. Le decía eso para que no se me piantara, porque tenía miedo de que se fuera con un intelectual o algún tipo de cine. Iba al bar y a las dos horas volvía. Había arreglado con Babsy (Torre Nilson) que si ella le preguntaba, diría que yo estudiaba con él. Pero llegó el momento en que no podía seguir mintiéndole, porque me preguntaba: “¿Cuándo empezás a filmar?”. Así que, como pude, en forma apresurada, rapidito, filmé El amigo. La fortuna hizo que a partir de él me agarrara el amor por esta profesión. Una vez que te pasa eso perdiste, porque quedás pegado al cine para toda la vida. Fue muy difícil porque en esos tiempos no existían las posibilidades que ahora brinda el video, que es un tesoro que tienen las nuevas generaciones. Nosotros no contábamos con esa suerte. Las opciones eran filmar en 16 ó 35 milímetros. Entonces cargábamos con montones de equipos y cosas pesadísimas, y se hacía muy difícil. Entre gallos y medianoches me vi filmando este corto, donde colaboraron, entre otros, mi amigo Oscar Orlegui como protagonista, que era un niño, mi hermano menor Horacio, y muchos amigos de la juventud. Eso es algo muy lindo que tiene este corto, porque fue filmado en el parque de diversiones donde todos eran amigos míos desde mucho tiempo antes. Yo crecí ahí, en el Parque Japonés, que estaba donde ahora se encuentra el Hotel Sheraton. Era un lugar inmenso, no sé cuántas manzanas abarcaba, era un sitio mágico. El corto lo hice con un par de latas de material fílmico que me prestó Torre Nilsson. En realidad me lo prestó de manera forzada, porque me levanté una mañana muy temprano, fui a los laboratorios Agfa y dije que me mandaba él a buscar dos latas de material de 16 mm. Me las dieron y me fui. Una semana después me encontré con Babsy en los estudios Alex y me dijo: “Me parece bien que filmes tu corto, pero la próxima vez que necesites algo, pedímelo directamente”. Tutor o guía, padre artístico, Favio decía que filmaba para deslumbrar a Torre Nilsson. “Él era el referente de todo lo que hacía”. De autor de culto a convertirse en un referente del cine internacional –varias de sus películas figuran entre las mejores del mundo–, Leonardo Favio logró con sus canciones su cometido de convertirse en un artista popular. “Yo le canto a la vida cotidiana y sencilla. A la simple manera de pensar y de sentir. Por eso estoy seguro de que cuando yo me vaya, cuando llegue esa hora de empacar y partir en alguna recova, un par de vagos reos, una triste sonrisa dibujarán por mí. Y tal vez, digo… tal vez, en la humilde mesa de algún obrero, mandarán a la cama, los niños a dormir. Y en esa sobremesa surgirá mi recuerdo. Con una canción de Favio fue que te conocí”. Bucky Butkovic